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Wilfrido Vargas: “No hay magia para el éxito”.
May 03, 2016 | Fuente y/o Autor: Diariolibre
Wilfrido Vargas: “No hay magia para el éxito”.
BOGOTÁ, COLOMBIA. El viernes 21 de junio de 1985, mi hermano Manuel Vargas se encontraba en el hotel Santiago Camino Real. Allí también se hallaba un muchacho que había ganado el Festival de la Voz. Ensayaba para la presentación de Yolanda Duque, pues era el artista invitado. Manuel quien para entonces era mi manager y andaba realizando unos trabajos de promoción, cuando lo escuchó cantar, lo abordó, le pasó una tarjeta y le dijo: “Soy el manager y hermano de Wilfrido Vargas”.

Aquél cantante era Eddy Herrera, quien tras escucharlo lo miró a los ojos y pensó: “Wao sí, se parece bastante a Wilfrido, es posible que sea cierto”. Manuel le preguntó:” ¿Te gustaría cantar con Wilfrido Vargas?”

No sé si fue por el susto o la impresión que le causó aquella propuesta inesperada que este muchacho le puso todas las excusas habidas y por haber para justificar que eso era imposible. Palabras más o palabras menos, le dijo: “Yo no canto merengue, soy un bolerista. No bailo, ahí hay mucha coreografía e improvisaciones que se nota que son concebidas en el momento por Wilfrido. Además lo veo muy difícil porque mi mamá no va a querer que deje mis estudios de arquitectura”. A lo que mi hermano contestó con una pregunta: ¿Ya te vas? Y se ofreció a llevarlo a su casa.

Manuel tenía un BMW color naranja chillón. Según me contó Eddy, tiempo después, cuando bajaron al parqueo y el vio aquél vehículo, pensó: “Wao, mira el carro que tiene el manager, imagínate tú Wilfrido qué tendrá”. La idea no era deslumbrar aquél muchacho, sino saber dónde vivía para luego poder ir a buscarlo.

Pocos días después, el martes 25, temprano en la mañana, partí rumbo a Santiago de los Caballeros atraído por la noticia de que había un cantante sin experiencia pero con condiciones. La pregunta sería, ¿qué buscaba desplazándome a Santiago si ya Manuel me había dicho que el muchacho se auto-descalificó? Sencillo, quería saber por mí mismo si aquellas excusas que había puesto eran reales, o esa auto-descalificación eran expresiones de un miedo escénico.

Cuando estábamos cerca de su casa, Manuel me dijo con cierta inseguridad: “en esta calle es que vive el muchacho”. De repente vi que alguien abrió la barandilla de una casa, una figura alta y delgada, tal como me lo habían descrito. Así que me dirigí hacía él y le pedí identificación, como si yo fuera un policía. Creo que me esperaba, si mal no recuerdo. Me mandó a entrar y me presentó a su familia que se encontraba en la mesa del comedor almorzando.

Me presenté y dije unas pocas palabras que resumían lo que buscaba y a quién buscaba. En el curso de la agradable conversación, vi en la mesa que había tostones, pollo, arroz, habichuelas y ensalada. Y yo de manera natural cogí un tostón sin sentarme, agarré un muslo de pollo en la mano y seguía hablando como si nada.

Me lo comí sin que nadie me lo ofreciera. Una “wilfridada” como dicen. Supongo que habrán pensado: “Pero, ¿es Wilfrido Vargas o un loco que está aquí?”

Tras aquel evento, comencé una audición ‘a vuelo de pájaro’. Empezamos a conversar, que es como mi primera prueba cuando estoy evaluando un talento. Luego quise verlo cantar haciéndose acompañar de su guitarra. Cuando vi las posibilidades tan amplias de aquél chico, lo paré. Interrumpí la sesión para conversar con su mamá, pero ella con mucha educación dejó entrever su desacuerdo y como yo respeto eso, lo vi como el único y verdadero revés. Se oponía tajantemente a que su hijo dejara los estudios, en los que ya llevaba dos años y medio en la Pontificia Universidad Católica, PUCMM, de Santiago. Quería que terminara su carrera de arquitectura.

Me fui desesperanzado. Pero, antes de irme le entregué, sin ningún compromiso, un casete con dos canciones en inglés, de Lionel Richie para que se las aprendiera. Le dije: “quédate con esto y te lo vas aprendiendo porque no se sabe si más adelante te pones de acuerdo con tu mamá y cambian de opinión”. Así sucedió. La familia conversó y llegamos a un acuerdo, donde Eddy iba a ser parte de la orquesta.

Pero, había otro problema. En el ejército frontal de mi orquesta estaban Rubby Pérez, Gene Chambers, Peter Cruz, Marcos Caminero, Junior del Castillo y Jorge Gómez. Es decir, demasiado cantantes. Más que en la Fania All Stars. Cosa que no le importó a esta cabeza loca.

Me lo llevé a Santo Domingo a una especie de centro de capacitación intensiva, a ensayar mañana tarde y noche, sin descansar durante treinta días. Para que el muchacho se formara nombré a mi mejor hombre como instructor de coreografía, Peter Cruz. En aquél corregimiento militar se les dio fecha de debut, el 10 de agosto del 85. Y así fue. Junto a Eddy también me había traído a Charlie Espinal. Otro muchacho de Santiago, talentoso y versátil, quien además tocaba la guitarra con el estilo musical que yo necesitaba. Es decir, súmenle otro al ejército del frente de esa orquesta.

Eddy debutó en un concierto en el Teatro Agua y Luz, de Santo Domingo, con las canciones que le había dejado en el casete. Pasó el tiempo, pero no me sentía victorioso porque realmente tenía serios problemas con la coreografía. Sin embargo, yo veía más allá de sus dificultades. Veía un deseo enorme y el esfuerzo casi inhumano de aquél muchacho tembloroso, pero con una decisión de “patria o muerte”. Yo seguía con mi corazonada y empezó a viajar conmigo por todos los países a dónde íbamos.

No cantaba oficialmente en la agrupación, en ese sentido era un pelotero que estaba en el banco. Aunque, bailaba en el frente, tocaba güira e interpretaba una que otras cosas exquisitas, no se encontraba en la nómina como cantante titular. “Me sentía entre Lucas´ y Juan Mejía porque no sabía si iba a continuar con Wilfrido Vargas porque no bailaba”, contó Eddy en una entrevista.

Le dije que como no tenía experiencia le iba a poner una “tareita de niños” para no forzarlo. Esa “tarea de niños”, era una trampa, la más compleja que haya puesto o que alguien le haya puesto a alguien, en lo que tengo en el negocio de la música. Era nada más y nada menos que el rap de El Jardinero. Di la espalda sin piedad, como si no hubiera hecho nada, y lo dejé con esa bomba atómica en las manos, dándole un plazo de 15 días para que me presentara el trabajo.

El domingo 18 de agosto, tocamos un show en San Cristóbal y ya estaba empezando a hacerme la idea de que me había equivocado. En otras palabras, estaba listo para darle de baja al muchacho que cantaba bien pero no daba la talla para el tiempo que se le asignó. Como si de una oportunidad se tratara, ese día, algo cabizbajo, le dije: “¿Eddy, como vamos con la “tareíta”? Me dijo: “Bueno, vamos a ver”.

Entre set y set fuimos a mi carro y le puse la canción original. Cuando ese muchacho empezó a doblar la canción, me enloquecí de una manera tan escandalosa, que la gente se dio cuenta. Llamé a Juan Vargas, mi otro hermano, quien ya trabajaba conmigo, para que fuera al carro y viera aquello con sus propios ojos. Se volvió más loco que yo. El jueves 22 de agosto nos metimos al estudio para enfrentarnos al trabajo experimental más desafiante, que yo haya tenido referencia: El Jardinero.

Señores, todavía me suenan los oídos de la bofetada que aquél inocente muchacho me propinó sin saberlo. Hay que ser muy cuidadoso al momento de evaluar las condiciones interpretativas y artísticas de un prospecto, pero me di cuenta de que Eddy contaba con lo que en béisbol se denomina “las 5 herramientas”, expresión que se usa para referirse a una combinación de habilidades que debe tener un jugador para tener éxito como estrella. No conozco una sola herramienta, siguiendo con el ejemplo del béisbol, en la que este no iguale de tú a tú a un Alex Rodríguez.

Eddy tiene voz, afinación, sentido de armonía, criterio de interpretación, carisma, el porte de un galán, y es un trabajador incansable. A eso le puedo agregar: honestidad, seriedad, solidaridad y nobleza, pero prefiero en esa parte que sean sus propios compañeros músicos quienes lo evalúen porque este espacio no es para hablar de lo personal. Sin embargo, dice un dicho, “por sus hechos lo conoceréis”.

Eddy ha nacido muchas veces, pero la más importante para mí ha sido el 18 de agosto, cuando sin quererlo me hizo llorar de la emoción. Ese día marcó el antes y después de mi confianza en él. Me reafirmó que no me había equivocado.

Lo saqué del banco y le di a grabar su primera canción, titulada: Mujer Tirana y otra a dúo con Charly Espinal. Luego lo iba soltando de a poco y le compuse una canción a su medida, llamada Le falta algo. Ahí ya fue subiendo el hombre. Luego le di participación en: El loco y la luna, La medicina y muchas otras. Así hizo su repertorio en la orquesta.

Su carrera ya emergía. Recuerdo un día, que mientras Eddy interpretaba a la perfección una canción compleja, me emocioné y le dije al oído, fuerte y enfático: “Haz tu grupo coño, no seas pendejo, haz tu grupo”. Lo tomó en serio. Se independizó y así mismo tituló su primer álbum como solista: Independiente. Desde entonces han pasado casi tres décadas.

Este artículo no es sólo para contar una historia, sino para reafirmar una reflexión a la que nunca he renunciado: No hay magia para el éxito. Constancia y disciplina son las claves. Para estudiar cualquier oficio, teniendo o no vocación, solo se necesita pagar el precio de la disciplina y la dedicación que requiere la carrera y tarde o temprano te vas a graduar. Ya sea de médico, abogado o cualquier otra que elijas, pero te gradúas.

En la música, lamentablemente no es así. Se puede ser aplicado, apasionado y hasta obsesivo, pero hay cosas que están fuera de tu control. Cosas que a unos se les hace fácil y a otros no. Pero, como no somos neurólogos vamos a acuñarle la palabra: “don”. Hay dones que tú tienes y yo no, aun habiendo estudiado lo mismo. La música es tan bella como misteriosa y excluyente, y no conoce mucho de democracia. A unos no les da nada, a otros solo un poco; a unos lo suficiente pero a otros se los da todo.

República Dominicana tiene talentos a los que todas esas herramientas les cayeron encima como sacarse el loto con un solo ganador. Como ejemplo tengo para contar a Eddy Herrera, Ruby Pérez, solo por mencionar algunos. Pero como el artículo es sobre Eddy, ya para finalizar, tengo que decir que se gradúo con honores. Si la combinación de seriedad compromiso, trabajo y disciplina tuviera un nombre, ese nombre sería Eddy Herrera

Esa conclusión explica, al igual que esta historia, el orgullo que siento por haber resistido a necesidades inconfesables cuando era un niño, en Altamira; y convertirlas en la gloria de escribir sobre los beneficios de la dedicación, la constancia, el esfuerzo y la disciplina.
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