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Una gran fiesta de la identidad.
Jun 18, 2015 | Fuente y/o Autor: Listindiario.com.do
Una gran fiesta de la identidad.
La celebración de los 25 años del Festival de Atabales, en Sainaguá, no debería pasar desapercibida, pues sería una buena ocasión para internacionalizar y mostrar lo más puro del folklore identificativo de República Dominicana y de sus raíces, en parte, africanas.Barcelona, España
Bueno, pues, un día había de darse y finalmente se dio. Era una buena oportunidad. Solo se trataba de coincidir en el tiempo y en el espacio y el evento acabaría complementándose perfectamente con mi disposición a absorber lo que finalmente aconteció en el transcurso de los días en aquel ámbito de Sainaguá desbordado de identidad y de autenticidad ancestral. Fue en la penúltima edición donde manos movidas por mutuas sensibilidades me acompañaron hasta el emplazamiento del núcleo de Sainaguá, desde la cercana San Cristóbal.

Unos días antes, el destino, personificado por integrantes de la Fundación Sol Naciente y en concreto por Solange Pereyra, uno de los miembros más simbólicos del grupo, me hizo llegar la invitación con el fin de que pudiera conocer in situ, detalles, para muchos desconocidos, de los que forman parte de las ceremonias previas a la acogida general y pública del ritmo alborotado de los atabales. La emoción fue tal que en la XXIV edición de noviembre pasado tuve que desplazarme hasta Sainaguá para vivir nuevamente el acontecimiento.

El Festival de Atabales, subtitulado también como “La gran fiesta de la identidad”, merece el respeto unánime del pueblo dominicano porque a través de sus ediciones -en la de este año habrá de celebrarse la veinticinco a toque de palos mayores-, se manifiestan y se exaltan los valores de la constancia, la fe, el rigor, la solidaridad, la identidad, la defensa y la difusión de todos ellos y a gran escala porque, ahorita, además, las instituciones ya se van subiendo al carro, con lentitud, pero con una presencia que pretende demostrar que ellos también quieren estar en ello y, puestos a ser sinceros, ya era hora que así fuera.

Organizar todos los años de manera continuada el festival en Sainaguá, a diez minutos de la capital de la provincia, conlleva un esfuerzo adicional en una infraestructura ya de por sí frágil. Sin embargo, la idea de pretender realzar los componentes que han permanecido inalterables como símbolo de aquella identidad forjada desde los primeros años de la Colonia y que nos ha llegado -algunas épocas a contracorriente-, hasta nuestros días, en este caso el escenario y su entorno, o sea, el contacto directo con la tierra y el aire libre, son los más adecuados. Pero, es que, por encima de todo, persiste y sigue viva la voluntad de espíritu y la energía esencial que mantiene activa la coexistencia de individuos y elementos de percusión, estos últimos otrora imprescindibles y ahora, además, convertidos en tradicionales.

Yo creo que es tanta la fuerza infigurable del palo o atabal que no estaría de más inscribirlo -en todas sus formas y variedades-, para que un día no demasiado lejano pudiera ser distinguido por la UNESCO como bien material de la humanidad; República Dominicana ya tiene declarados otros bienes culturales y otros están en curso de conseguir el mismo resultado. Construido en la isla por los africanos que procedentes de más de cincuenta y cuatro países y territorios de su continente habían sido embarcados por los españoles, el atabal padeció, ya desde el primer momento, los temores del poder, ora político ora religioso, porque creyeron que formaba parte de los componentes de las ceremonias de brujería y que su sonido era, a la vez, un lamento y un canto de alabanza a los espíritus. Con esta idea sobre sus espaldas, el valeroso atabal necesita, sin duda alguna, de un obligado reconocimiento oficial que habría de permitir su más extensa difusión como uno de los verdaderos símbolos más emblemáticos del país.

Desde el punto de vista etimológico, es interesante manifestar que el vocablo atabal, de pertenencia estrictamente árabe, con el artículo “a” arábigo unido, coexiste desde sus orígenes en el siglo XIII con el tabal, convertido por influencias hispánicas cuando llega a Occidente. No ha de ser extraño, pues, que sea, precisamente, atabal, el término aceptado por aquellos millones de africanos que fueron llegando a La Española y que haya permanecido a través de su propio vocabulario.

Palos, alcahuetes, balsiés, güiras, panderos...perviven, también, con otros nombres en Cuba y Jamaica, por citar algunos lugares, gracias a la dispersión de la población africana en los primeros años de la Colonia. Otras formas de expresiones culturales protagonizadas con los mismos instrumentos que, confeccionados con idénticos pellejos, son el fiel reflejo de sus verdaderos orígenes. Y puestos a hablar de orígenes, también, la gastronomía dominicana los tiene casi toda ella en la herencia africana. Atabales y gastronomía, realidades que han llegado hasta nuestros días y que han pasado el filtro de la Colonia durante siglos. Eso sí es autenticidad.

Fueron días entrañables, los de mi primera vez y los de la última ocasión en Sainaguá, los cuales me atrevo a decir que, incluso, me supieron a poco. Los atabales no pudieron atabalar a quien esto escribe; verbo transitivo catalán muy usado en mi país, y cuyo significado es “estar harto de lo que se oye, normalmente por el exceso de ruido, estresar o alterar el ánimo”. Por otra parte y en este caso, como se ve, el vocablo deriva, sin ninguna duda, del tabal hispánico. Los grupos participantes hermanaron a los presentes con el ritmo y la danza o el baile dejando entrever una reivindicación clara de las raíces africanas entre todo ello. Las palabras que intentó compartir el Dr. Leonel Martínez sobre “Influencia Africana en las Américas” iban precisamente en este sentido en la charla programada si no se hubieran abortado prematuramente por un fotógrafo egocéntrico que agotó con su logorrea el tiempo dedicado al orador y la tolerancia de los demás asistentes.

Cabe felicitar pues a la Fundación Sol Naciente y al resto de la organización por tan hermoso acontecimiento y estimularles a encontrar la fórmula que permita participar en el festival a grupos de otras provincias e, incluso, de otros países con quienes puedan unirles los mismos objetivos. La conmemoración de los veinticinco años del festival no ha de pasar desapercibida, sería una buena ocasión para internacionalizar y mostrar lo más puro del folklore identificativo de la República Dominicana y de sus raíces, en buena parte incuestionablemente africanas. Esta efeméride, habría de contribuir a dar el paso de gigante necesario para extender la existencia y el conocimiento del Festival de atabales de Sainaguá y de la gran fiesta de la identidad.
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